martes, 20 de septiembre de 2011

Historias de la Infamia de Granada

CAPITULO XI
Agosto entró con la canícula atrasada. No había posibilidades de saber ciertamente cuando se regularía el invierno. Fenómenos nuevos de la atmosfera, que la los nuevos hombres de ciencia les llamaban “Niño” al seco y Niña” al lluvioso. Los granos se perdían. Se nacían en las vainas los frijoles. Se negreaba la semilla del Sésamo. El arroz y el maíz se encarecían a diario.
El futuro inmediato como lo podemos ver era negro. Y a propósito de negro, ese día el Negro, José Serrano, que decía la gente era el hijo más querido de Don Carlos Bravo, aunque nunca lo reconoció. Era famoso poeta y gigoló, salió de su casa con mucho brillo y son. Los problemas se quedaron mucho antes del último de sus sueños, cuando encontró a su gran amigo y jurisprudente Vincenzo Ubau al cruzar el parque. El poeta que con mucha decisión y voluntad se dirigía a buscar unos manuscritos perdidos donde el cronista de la ciudad, Don Jaime Avilés y Avilés, quien recientemente acababa de publicar un texto en la revista editada por su amigo y compañero de cuchipandas, Ignacio de Jesús Marín, nobel director de cine y editor de “Taller”. Una revista de los estudiantes de la Universidad de Oriente y Medio Día. El texto era: “La Religión Como Elemento De Dominación En La Colonia”. En esta revista el señor Marín, se encargaba de sacar a luz autores desconocidos y lanzarlos a la fama. Ya fuera por su calidad o por su atrevimiento literario. En ese encuentro con su amigo jurisprudente, el poeta Bravo, perdón Serrano, se le diluyo el interés investigativo y se volcaron hablar sobre la recién pasada muerte de Don Juan José Alejandro de Renard, que había sido asesinado de la misma manera sangrienta y trágica del héroe de la revolución francesa, Marat. Pero a diferencia del héroe, muerto a manos de la bella Carlota Corday o Cordier, como dicen algunos historiadores, Don J.J.A. Renard, fue por unas malacatoyeñas, musculosas y fuertes manos que con toda la barbaridad y crueldad nunca concebida, cercenaron de oreja a oreja la garganta de tan ilustre hijo de Granada. Toda la ciudad hablaba del caso. Por supuesto el poeta tenía su propia versión. Con Don Vincenzo, mas tarde, se encargo de aumentarla y corregirla. Decía el Poeta:”Todo surgió cuando el asistente para asuntos varios de Don J.J.A.Renard, se enfrento a la realidad de su vida. Un mandingo. Y peor, ni siquiera de una mujer o varias mujeres, sino de Don J.J.A. Renard. El agobiante sol, el calor, la humedad, como en “El Extranjero” de Camus, la canícula que no llegaba, y el maltrato. Los reclamos:”Si. Si no servís para nada. Todo te lo tengo que decir mil veces. Ya ni cariñoso sos conmigo, como antes. Todo el mundo dice que me estas explotando. Que te aprovechas de mí. Que robas lo que podes. Que con mis reales pagas la siribindas y francachelas con la puta esa de tu querida. Que crees que no me doy cuenta, Uhm! Jesús si toda se sabe aquí en Granada. Que hasta tengo que pagar el guaro con los otros queridos que tenes. Que hasta los chavalitos del barrio te los coges. Y yo comprándote esos bluejeanes carisimos, donde Don Arturo Hurtado. Y si no, los mando a traer a Miami, y sé que solo pasas metido donde la Berta María que no sé lo que le ves. Y traeme ese jabón de Mirurgia que tengo en el aposento. Y encendé el tocadiscos. Y ponemé la opera que tengo ya lista en el plato. Ah! y allí no mas tráeme la navaja de rasurar que está en la mesa de noche. Y me rasuras con ese jabón divino que traje de España. Y acordate que tengo que ir temprano al Banco porque hoy es sábado y cierran al medio día. Hay que sacar lo de la planilla de la desmotadora y de la fábrica”. El mandador/asistente/amante/amigo y chofer llego hasta le mesa de noche y cuando vio la navaja, que estaba a la par de sesenta mil dólares, escrita la cantidad en un cintillo de papel craft. Vio la libertad y un mundo sin problemas y sin humillaciones. Vio la posibilidad de:”Salir de este hijodeputa. Comemierda. Mal agradecido”. De la gaveta sacó la navaja y el jabón con un cordel tejido. Con firmeza más que odio se decidió a salir de “todos esos clavos de una vez”. Al mismo tiempo “sacar de su miserable vida a este vergonzante espécimen de tan ilustre familia granadina”. Le puso el jabón en el cuello como un collar. Frotó sus rudas manos hasta sacar la espuma de Mirurgia. Don J.J.A. cerró los ojos con placer. El frotage lo llevo a sentir sensaciones casi celestiales. La regordeta y acompasada música de Rossini se escuchaba en todo el apartamento.
En vuelo se dejo venir la hoja Soligen con mil filos y reflejos. Que se vieron en todo los espejos del baño. De pronto, los espejos se tiñeron de rojo, como el Nilo cuando Moisés, el mago, metió su vara en el rio. La navaja descendió a doscientos cuadros por segundo de velocidad. Solo fue un momento de resequedad en la boca y asco en el estomago. La hoja Soligen dejó una línea finísima en semicírculo, creando un collar de coral rojo, rojo. Ayudáme a decir rojo. Del coral de los Cayos Perlas. El aristocrático cuello se cambio al tono de La Batalla de Magenta. Mientras en el equipo de sonido, el tocadiscos repetía una y otra vez: FIGARO FIGARO, FIGARO!!!!…, del rosinniano Barbero de Sevilla. Las manos del aristócrata se asieron a la pretina del pantalon del ejecutor, con las mismas ansias como cuando le cometía fellatio. La musculatura del amante era más poderosa que la pasión y el dolor de la muerte. Sus garras de osos zambulleron la cabeza de la víctima en el agua una y otra vez hasta que ya no se movió ni hubo burbuja que saliera a la superficie. El poeta contó, que la sangre salía hasta la cuneta de la calle del Castillo San Miguel, a borbollones rompiendo el zaguán de la casa. Como película de Kubrick. Después de oír varias versiones del resto de “banqueros” reunidos en el Parque Colón, Don José Serrano retomo su camino en busca del manuscrito perdido. Nadie salió culpable o fue detenido por la justicia. El sepelio se realizo en silencio esa misma tarde. Justo Salablanca, amigo del muerto, al pasar el féretro lo despidió con un:”Hasta luego amigo, nunca tuviste suerte con los empleados y con los amantes. Por eso te decía de seguir el dicho: nunca mezcles la planilla con el amor.”

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